Posteado por: administrador | 18 agosto 2008

De la JMJ de Sydney a la de Madrid 2011 (una nueva juventud en la Iglesia y en el mundo)

Cardenal Rouco Varela

Cardenal Rouco Varela

EL pasado día 20 de julio

concluía la Jornada Mundial de la Juventud en Sydney. Un acontecimiento que la Iglesia Católica viene celebrando con sus jóvenes en Roma y fuera de Roma desde los días más dinámicos del Pontificado del Siervo de Dios Juan Pablo II pocos años después del atentado sufrido por él en la Plaza de San Pedro, el 13 de mayo de 1981. El Papa, venido de la Polonia comunista, experto de «los tiempos recios» en el trato sacerdotal y en el cuidado pastoral de los jóvenes universitarios de Cracovia, lanzó a la Iglesia en el año mundial de la juventud el reto pastoral formidable de evangelizar a una nueva juventud, venida por una parte, de una vivencia de sus tradiciones familiares, religiosas, políticas y culturales, puestas radicalmente en cuestión -del iconoclasta y revolucionario «prohibido prohibir» de los universitarios franceses del «mayo del 68»- y, por otra, de una experiencia superficial y confusa de la Iglesia postconciliar, marcada por un acentuado «temporalismo» a la hora de concebir y vivir la vocación cristiana. El Papa Wojtyla actúa en la línea de una pastoral directa que sin rodeos de complicados recursos pedagógicos, personales y/o sociales, pendientes de los factores psicológicos y sociológicos de moda, quiere y busca situar a los jóvenes ante la persona de Jesucristo, «el Emmanuel», «el Dios con nosotros», y ante su obra salvadora: ¡ante el tú a tú con Él! Más aún les cita en la Iglesia como el único lugar humano y espiritual donde el encuentro pleno y salvador con Jesucristo es posible.

 

La iniciativa de las Jornadas Mundiales de la Juventud Católica nacía así como una consecuencia pastoral obvia de la preocupación eminentemente apostólica, sentida y proyectada en el mejor «estilo paulino», de un Papa que ama profundamente a los jóvenes. Su respuesta ¡la respuesta de los jóvenes del mundo! a esta solicitud paternal de Juan Pablo II, a lo largo de ya veintitrés años de fascinante historia de sintonía y simpatía mutuas, continuada con Benedicto XVI, no pudo ser ni más conmovedora ni más bella. Las Jornadas celebradas en los más variados y emblemáticos escenarios de la sociedad y de la Iglesia universales -Roma, Santiago de Compostela, Czestochowa, Denver, Manila, París, de nuevo Roma, Toronto, Colonia, Sydney- constituyen la prueba inequívoca del acierto pastoral del camino y de la forma elegida para el encuentro de la nueva juventud del III Milenio con Jesucristo, Él que era, Él que es y Él que será su verdadero salvador.

Los frutos: de conversión, de opciones vocacionales por el sacerdocio y la vida consagrada, de los compromisos de vida apostólica, entregada al bien integral de los demás, han sido incontables. ¡Sólo Dios los sabe! ¿Y quién puede medir y valorar el impacto producido por esos actos de testimonio y profesión de la fe cristiana, expresados en los grandes momentos de las Jornadas presididos por el Papa, rodeado de los Obispos de toda la Iglesia, en la población de las ciudades y en las sociedades de los países que los acogían? En cualquier caso, el comportamiento de los centenares de miles y, en algunas ocasiones, de los millones de jóvenes participantes, de una finura espiritual y de una calidad humana extraordinarias, sorprendió y admiró a la opinión pública ¡No sólo era posible otra juventud sino que ésta estaba y está germinando en la Iglesia y en el mundo!

Desde Santiago de Compostela, desde aquella Jornada eminentemente jacobea, en la que «una riada juvenil, nacida en las fuentes de todos los países de la Tierra», guiada y conducida por Juan Pablo hasta el Sepulcro del Apóstol Santiago, el Patrono de España, los jóvenes católicos y otros muchos, amigos y conocidos suyos, se han dispuesto a responder a las sucesivas llamadas del Papa para las grandes convocatorias de las Jornadas Mundiales de la Juventud con el espíritu y la actitud del peregrino que, siguiendo el itinerario transformador de la peregrinación cristiana, se despoja de sí mismo ¡de «su hombre viejo»! para poder llegar al Pórtico de la Gloria, y alcanzarla como «el hombre nuevo» que, incorporado a Cristo con todo el corazón, con toda el alma y con todas sus fuerzas, no tiene miedo a ser santo. En el Monte del Gozo compostelano, en la Homilía del Papa en aquella luminosa mañana del 20 de agosto de 1989, resonó aquella su invitación a los jóvenes presentes a decidirse por el camino de la santidad como una incitante y contagiosa exhortación a ser libres en Cristo: ¡a vivir la libertad verdadera, con la que Cristo nos había liberado!

La última estación de esa peregrinación juvenil por todos los caminos del mundo ha sido Sydney, la ciudad quizás más hermosa de ese quinto Continente, el de los mares de la Cruz del Sur, que el 14 de mayo de 1606, Fiesta de Pentecostés, Pedro Fernández de Quirós, un marino al servicio de Su Majestad el Rey de España, la había denominado «Austrialía del Espíritu Santo» y donde, un siglo y medio más tarde, un benedictino español nacido en la histórica y episcopal ciudad gallega de Tuy, huido de «la desamortización», iniciará una labor de evangelización con los aborígenes cuya estela llega hasta el hoy de la Iglesia en Australia. Unos cuatrocientos mil jóvenes de todos los continentes -con una presencia muy llamativa de jóvenes del Continente Asiático- ofrecían al mundo en torno al Papa, al que se habían unido muchos de sus Obispos y sacerdotes, la realidad de una nueva generación de jóvenes que, llenos de la fuerza del Espíritu Santo, se presentaban como testigos valientes y gozosos del Evangelio de Jesucristo, «Camino, Verdad y Vida» para el hombre de todos los tiempos y de todas las razas. Como «un tsunami de fe y de alegría» describía uno de los diarios más conocidos de Australia lo que había acontecido en Sydney. Al final de la celebración de la solemnísima Eucaristía, en la mañana del pasado 20 de julio, anunciaba Benedicto XVI que la próxima Jornada Mundial, en el año 2011, tendría lugar en Madrid (España). El júbilo de los jóvenes madrileños y de los demás españoles presentes en el hipódromo de Randwick, lugar del acto final de la Jornada de Sydney, estalló con un entusiasmo indescriptible que contagió a aquella magna Asamblea Litúrgica juvenil, imagen espléndida de lo que algunos llaman «la Iglesia joven» del III Milenio. En el rostro de sus pastores y muy singularmente, en los ojos del propio Santo Padre, se podía descubrir el reflejo indisimulado de la alegría de sus jóvenes.

¡Todo un compromiso para la Iglesia en Madrid y en toda España! ¡Un compromiso, sobre todo, de carácter apostólico que nos atañe naturalmente a todos, -pastores y fieles-, pero, muy directa y específicamente, a los jóvenes! Al compromiso ha precedido una gracia singular del Señor, recibida a través de la decisión del Papa. ¡Gracia para nuestras Iglesias Diocesanas a las que se les reclama reconocer y recordar el gran patrimonio de santidad y de espíritu misionero, heredado de nuestros mayores, en bien de los jóvenes de España y del mundo! Y, un bien de valor excepcional para todo nuestro pueblo que sabrá acoger, de acuerdo con su mejor tradición, a los jóvenes del mundo, como a Cristo, según la máxima benedictina: «hospes sint Christus».

ANTONIO MARÍA ROUCO VARELA

Cardenal Arzobispo de Madrid y presidente

de la Conferencia Episcopal

 

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Responses

  1. Pues estaba buscando el sitio oficial del encuentro de Madrid 2011, por que despues de el de sydney al que e asistido me a encantado y la verdad quiero que empiezen rapido para poder animar a gente a asistir.
    Un saludo y la paz

  2. soy fernando dwe mexico y me gustaria tener contacto con jovenes que han vivido la experiencia de la jornadami correo es…………………….jesucristo_713@hotmail.com


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